EL GUITARRISTA CIEGO
Mientras contemplo una reproducción de un famoso cuadro de Picasso, aquel que los entendidos llaman de “su época azul”, a mi entender admirable y fastuoso y denominado, “El Guitarrista ciego”, me abstraigo totalmente de la realidad.
Es en ese momento que mi mente me transporta a la ciudad de Granada, en el sur de España, donde una mayólica recuerda al no vidente, menesteroso, que pedía limosna en el pórtico y rezaba: “Dame limosna mujer, que no hay en la vida nada como ser ciego en Granada”.
Traigo a relación la imagen del cuadro con ambos no videntes y los fusiono en una sola persona. Seguramente fueron almas distintas, representadas en la misma dimensión y pareciendo compartir males, vicisitudes y miserias.
Me pregunto entonces sí para aquellos, la falta de visión sería su principal impedimento. Dejando trasuntar lo que muestra Picasso en la tela, ropas roídas y aparentemente sucias, una indescriptible pobreza y desnutrición, casi inadmisibles. Lo que más me llama la atención es su inmensa tristeza reflejada.
Entonces, pienso en la decadencia en que probablemente se hallaban aquellos menesterosos expulsados de sus respectivos senos familiares y por ende casi de la sociedad, por no poder mantenerse y mantenerlos.
El pintor ilumina su imagen en la indigencia esperando solamente la limosna y tomando su guitarra como sostén de su desgracia. La música, o el lamento salido de ese instrumento, es él último bien conque la vida premia su miseria.
Mis cabildeos van mas allá, pensando que esos ciegos acostumbrados al frío y al calor, ponen su exquisito sentido del oído por encima de los acordes de la guitarra, para escuchar el retintín chasqueante de las monedas al caer en el plato vacío. Unas y otros, sumadas quizás, le permitirán comer algo sólido.
Luego dormirá en algún zaguán sucio y helado hasta que, un día, ese frío cubra su música o su vida.
Un manto blanco como una mortaja de nieve, o de pobre, para que la muerte le llegue sin darse cuenta anestesiado por las bajas temperaturas. Como un paso a la eternidad tan imperceptible, pero tan majestuoso como la luz. Se introduce en la penumbra como un eclipse de sol por el disco negro central de su instrumento…
Piso helado.Allí yace sentado.
Cae el azul sobre sus piernas delgadas,
frías y desnudas, sin nada de fe en su mirada.
Ropas roídas, azules y fuertes en hiladas.
Ambiente irreal de ensueño claro,
ojos cerrados sin vida sana.
Genio corto, lento y remiso,
con pelo entrecano y manos huesudas.
Cuerdas escasas a punto de estallar.
Guitarra coplera, sin partitura.
Engalanada en la pobreza
De unos pies descalzos.
Azules intensos con luces difusas,
celestes borrosos de apagados tonos.
Pobreza gigante lloran las musas.
Mauricio Moday
