Ambos progenitores observaron con ingenuo horror complaciente, el cambio insinuado por sus dos hijos. Aquel matrimonio de ancianos, con una vida entera de trabajo y dificultades, disfrutaban su casa con su pequeño jardín delante y su amplio parque con flores en el fondo.
Luego de su jubilación forzosa por discapacidad, el padre presentaba pequeñas pero grandes secuelas, debía leer el diario con un solo ojo por tener visión doble y hablaba poco porque su palabra arrastrada lo influenciaba mucho en su vida de relación, pronunciaba lo estrictamente necesario ya que le daba mucha vergüenza, sentirse observado.
Sus hijos habían terminado el colegio secundario y el varón cinco años mayor que su hermana se había recibido de profesional en la Universidad local. La madre había insistido en que ambos cambiaran la vida de la fábrica que ellos propiamente, como hijos de inmigrantes debieron adoptar. Cubrieron con honestidad puestos fabriles con la mano de obra necesaria para mejorar sus vidas desechas por las guerras para avanzar en desarrollos personales con alguno de sus sueños.
Ante su retiro los sexagenarios disfrutaban de la paz y la tranquilidad de aquel barrio del conurbano que habían elegido como hábitat definitivo y que Leonardo el padre de aquel matrimonio típico de clase media baja de la Provincia de Buenos Aires, adquirió con innumerables sacrificios, ya que veinte años antes, en la década del cincuenta no había podido nada más que compartir con parientes un departamento entre dos familias.
Posteriormente trabajando de sol a sol y con un pequeño capital que le había dejado su padre como herencia, adquirió aquella coqueta casa que construía una honesta empresa Inglesa, con una hipoteca a treinta años, cancelada a los quince.
Las ventanas con celosías de madera, los altos techos de tejas coloniales, los plafones redondos de yeso y el maravilloso descubrimiento del termo-tanque a gas natural, toda una invención, en la época del calefón eléctrico o a gas.Todo mejorado y con depurado orden impuesto por Caty, la madre, con cortinas, manteles y delantales multicolores que alegraban la vista.
Los años de la pareja fueron pasando hasta que su hijo "el doctor", partió por trabajo, alejándose de su compañía. Sin embargo los cinco niños de su hija menor que nacieron y vivían en la casa del fondo con flores, se hicieron grandes. Cuando desapareció la zanja que en la acera de enfrente a su casa, donde sus nietos pequeños aun, pescaron ranas y cazaron anguilas, y fue reemplazada por una pared de dos cuadras de largo, perteneciente al Colegio Secundario, donde los más grandes comenzaron a cursar su adolescencia.
Caty y Leonardo empezaron a darse cuenta de su desplazamiento a límites tolerables a su intimidad, o mejor a la tranquilidad que los años les habían otorgado por tantos desvelos. La incomodidad fue aquel hogar muy coqueto pero pequeño para albergar dos matrimonios y cinco vástagos. No pudiendo encontrar una solución aceptable, ya que su hija no contaba con trabajo y su yerno era vendedor y sólo cobraba porcentaje de facturación, no siendo estables sus ingresos. Muchas veces Caty había tenido que colaborar con la leche o la comida de los niños, amén de pagar todos los servicios.
El padre tomó una decisión heroica, construir una nueva casa dentro de su propia casa. Su presupuesto acotado de jubilado por incapacidad, sólo alcanzó para una pequeña prefabricada de madera con desniveles y techo de chapa rural que abarataba toda la operación. Pagó en cuotas rigurosas durante treinta y seis meses, su diseño e instalación. Su hijo mayor a la distancia y en las pocas ocasiones que su trabajo le permitía, trató de disuadirlo, pero como siempre lo había hecho Leonardo, la decisión estaba tomada.
La construcción demandó dos meses y desde que bajaron la madera, su fondo de flores desapareció. Caty lloraba por los rincones no estaba segura si era real lo que miraba. Desde el piso de cemento con tarugos de madera, para atornillar la estructura, hasta el pozo ciego para el baño que fue necesario construir que transformó su fondo en un desgüesadero de informes desechos de materiales, machimbre y piedras. La conexión a los servicios fue problemática, ya que todo debía pasar por el garaje de la casa, en aquel momento ocupado por el dormitorio de las niñas menores. Pese a todo la "casita de madera" como la llamaban los chicos, fue aumentado su volumen y se terminó en el tiempo programado.
El matrimonio se mudó y al principio como novedad parecieron alegres y aun eufóricos pero cuando se percataron que la ventana del dormitorio miraba el ligustre del vecino, las habitaciones del frente se orientaban al fondo de su ex casa y sólo la unía a la misma un sendero de ladrillos de diez metros que los comunicaba con el exterior pero que los separaba, fundamentalmente de sus sueños y memorias de una vida de honor, trabajo y decencia. Luego de varios meses al desayunar en la pequeña cocina, o almorzar en el comedor sus miradas se encontraban y denotaban cansancio y el sentimiento silencioso de haber sido usurpados de su necesario bienestar en sus últimos años de vida.
Cruzaban la habitación de sus nietas y salían al exterior para ver su propia vereda, aquella que los conectaba con sus propias vidas, sus amigos y sus pequeños placeres como jugar a las barajas en el club Social, todo lo demás lo miraban a través de la ventana del cielo y la memoria, seguían con su rutina, vivían.
Cuando los dos sexagenarios enfermaron, sólo alguna de sus nietas más chicas los visitó asiduamente, a sus hijos ocupados en sus cosas o en sus profesiones no les quedaba tiempo. El yerno y la nuera casi ausentes del problema no aportaron nada en su beneficio. Ambos por igual se sumieron en aquella cárcel con olor a pino, incomunicados y ermitaños, con el techo de listones por compañía, dentro de la casita de madera y sólamente el cielo estrellado durante las noches fuera de la casa. Su muerte se constató paulatinamente con sus corazones desgarrados y solos.
Pasaron los años, las maderas de lo que fuera su casa encendieron muchas estufas a leña y cocinaron gran cantidad de asados, sus nietos recuerdan ocasionalmente a sus abuelos, que entregaron sus destinos para que ellos vivieran más dignamente. Las piedras y el cemento fue cambiada por tierra abonada, algunas hasta se convirtieron en maceteros, volvieron a emerger las flores como naciendo lágrimas de sus propios ojos en una tumba virtual.
Sus hijos ya sexagenarios se reúnen hoy con sus descendientes y parejas y sus nietos en la casa vacía de todo recuerdo, con algunas flores, pensando y charlando de sus cosas y trabajos, pero cuando miran el fondo se perfila en el espacio, perdida en ese tiempo que nunca volverá, la silueta inconfundible de la casita de madera.
